Existen situaciones que, cuando se repiten en el tiempo, dejan de ser episodios aislados y pasan a constituir señales relevantes para el funcionamiento de los servicios públicos. Una de ellas es la creciente dificultad para cubrir puestos de mando en los servicios de emergencias. No se trata de una circunstancia menor, sino de un indicio sobre cómo se percibe hoy el ejercicio de la responsabilidad dentro de organizaciones que dependen de ella para operar con eficacia. Que haya aspirantes para acceder al servicio y, al mismo tiempo, menos disposición a asumir funciones de dirección merece una reflexión detenida.
Durante años, esta renuncia a asumir mandos pudo interpretarse como un problema limitado a determinados escalones. Pero cuando el fenómeno empieza a extenderse también a los niveles básicos de responsabilidad, ya no cabe hablar de casos aislados: lo que aparece es una tendencia. Y cuando esa tendencia afecta a la cadena de mando de un servicio público esencial, la pregunta es qué está fallando para que cada vez menos profesionales quieran dar ese paso.
«La calidad de un servicio público no depende solo de sus medios o de la vocación de sus plantillas: depende, y mucho, de la calidad de sus mandos. En un servicio de emergencias, un buen mando es una pieza crítica de la seguridad operativa.»
Observatorio CERO
Conviene decirlo con claridad: la calidad de un servicio público también depende de la preparación técnica, capacidad de organización, decisión, anticipación y coordinación de sus mandos. De su capacidad para sostener a sus equipos en escenarios de alta presión. En un servicio de emergencias, la función de mando no es un privilegio, sino un elemento clave para la eficacia de la intervención y el cuidado de las personas.
Resulta especialmente significativo que los puestos de mando hayan perdido atractivo. Detrás de esa falta de interés suele haber una valoración racional de las condiciones asociadas al puesto: mayor carga de trabajo, elevada exposición, incremento de la presión y, en muchos casos, un reconocimiento insuficiente. Quien asume una función de mando toma decisiones que afectan directamente a la seguridad de la dotación y a la protección de terceras personas.
Si esta situación se prolonga, los efectos sobre la organización son previsibles: los perfiles más valiosos optar por no asumir responsabilidades, lo que reduce la capacidad de mejora, debilita la transmisión de experiencia y genera vacíos que deben afrontarse con soluciones provisionales. Ningún servicio público debería considerar aceptable esa deriva donde la coordinación y la rapidez de respuesta tienen incidencia directa sobre la seguridad.
La cuestión de fondo es cómo fortalecer de nuevo esa función dentro de la organización. Para ello no bastan las apelaciones genéricas al liderazgo: es necesario revisar condiciones, cargas, apoyos, formación, promoción y reconocimiento. También conviene valorar si el sistema está trasladando a los mandos un nivel de exigencia que no guarda proporción con los medios y respaldos disponibles.
No se trata de presentar la función de mando como una tarea exenta de dificultad. Dirigir en emergencias comporta un alto nivel de exigencia. Pero entre esa exigencia inherente y la pérdida de atractivo actual existe un espacio de análisis que la administración y las organizaciones deben atender con seriedad.
Desde el Observatorio CERO (Ciudadanía, Emergencias, Riesgos y Oportunidades) consideramos necesario abordar esta realidad como una cuestión estratégica vinculada al interés general y a la calidad democrática de los servicios públicos. En los servicios públicos esenciales, la función de mando debe ser exigente, pero también reconocida, acompañada y profesionalmente sostenible.



